EL ECO DE ALHAMA NÚMERO 23 PERSONAJES ENTRAÑABLES
 

A mi madre

LA ESCUELA EN ALHAMA (1920-1953)

DOÑA LAUREANA NAVARRO Y DON EMILIO SORIANO

Miguel Galindo Artés

Es nuestro propósito rendir un sencillo homenaje a este matrimonio de maestros que compartieron nuestras vidas y fueros testigos de la historia oficial y actores de la intrahistoria doméstica durante este largo periodo cronológico. Su vinculación al magisterio ilustra de paso una etapa de la enseñanza primaria y las diversas vicisitudes que tuvo que afrontar la escuela al hilo de los acontecimientos histórico-políticos. Sin duda, durante este largo periodo la escuela se verá sacudida por ellos, disfrutará de la bonanza del apoyo institucional, sufrirá las difíciles circunstancias de la guerra civil y, sobre todo, la posguerra. Estas páginas pretenden rescatar del olvido el  trabajo educativo de doña Laureana Navarro Martínez (1898-1973) y don Emilio Soriano Miranda (1893-1970), matrimonio ejemplar dedicado a la enseñanza de los niños y niñas de Alhama, durante estas tres décadas (1920-1950).

Antecedentes (1920-1936)

Debemos remontarnos a la madre de ella, Dña. Laureana Martínez Navarro, maestra en Alhama y oriunda de Castellón de la Plana, casada con don Brígido Navarro, con quien tuvo tres hijos. Una de sus hijas, Laureana, natural de la villa de Altura (localidad próxima a Segorbe en la citada provincia), estudiará magisterio en Almería y consigue plaza de maestra en el pequeño pueblo de Santa Cruz. La madre se ofrece a permutar su plaza, pero resulta infructuosa cualquier solicitud en este sentido. La joven maestra se verá obligada a desplazarse cada día con Carmen, la de la Plaza Nueva, quien con su borriquillo realizaba la ruta Alhama-Santa Cruz de Marchena, ocupada en repartos, llevando y trayendo encargos. Partían al amanecer y volvían a media tarde, una vez concluida la jornada escolar. Podríamos imaginar las dificultades en los duros días de invierno, incluso los posibles peligros cuando salía la rambla e inundaba los bancales y accesos entre ambas orillas del río.
Mientras tanto un joven maestro en Huécija, don Emilio Soriano, comienza el cortejo a la maestra, quien años después diría, con sorna, que el maestro andaba buscando alguna compañía con recursos económicos, pero que se enamoró de ella. Las cartas y tarjetas postales se suceden. Una de ellas reproducimos aquí.
La boda se celebró en Alhama en 1921. Por aquel entonces el pueblo contaba con tres maestros para niños: D. Gaspar López Cantón, D. Luis (que pronto se enamoró de Mª Teresa Granados y se casaron) y el joven D. Emilio Soriano Miranda, que había conseguido el traslado, no sabemos si apelando al derecho de consorte. Y, para niñas, doña Micaela y doña Matilde en la antigua calle Canalejas, y Dña. Laureana en el edificio colindante al desaparecido cuartel de la Guardia Civil, en el que años después compartiría vecindad con el joven maestro D. José Fuentes Bañón. (1)
El edificio albergaba la vivienda para el/la maestro/a y el aulario para la enseñanza. Se comenzaba a las 9 de la mañana hasta las 12.00, sin periodos de recreo, y por la tarde de 14.00 a 16.00. Llegaban a tener 25 alumnos de diferentes edades y niveles en una misma clase y a veces impartían permanencias. El aulario estaba presidido por una tarima, la pizarra en el centro de la pared, una pila para beber agua, adosada  en un lateral, y la puerta de acceso a un aseo. El alumnado de menor edad se agrupaba en mesas de cuatro puestos y al final del aula se encontraban los pupitres corridos para los mayores. Doña Laureana contaba con la ayuda de su hermana, quien la sustituía cuando ella la necesitaba. Una de sus alumnas, doña Librada Artés Manzano (nuestra fuente oral y la poseedora del material fotográfico), recuerda que en 1924, cuando ella cumplió tres años de edad, su madre la llevó a la escuela con doña Laureana. Su buen rendimiento académico prometía una formación superior más adelante, pero esta nunca llegó, pues la guerra civil se interpuso en su vida y frustró las expectativas de una buena estudiante (Librada estaba matriculada en 2º de bachillerato en Almería para el curso 1936-1937).


Alhama contaba entonces con 3000 habitantes y los mejores alumnos con recursos económicos continuaban sus estudios de enseñanza media en Almería, o bien, preparados por sus maestros, podrían realizar enseñanza libre, mediante exámenes finales presenciales en la capital. La conciencia de que la educación en la escuela es la base de una buena formación de los hijos estaba muy arraigada entre las familias alhameñas, incluso mediante la práctica de una formación autodidacta. La presencia de un casino (la Tertulia), varios maestros y maestras para niños y niñas, los éxitos pictóricos de Moncada Calvache, la presencia de Carmen de Burgos «Colombine», el homenaje a Salmerón, favorecen un ambiente de liberalidad, solidaridad, bien común, integración, cultura y arte que sólo en la Alhama de Salmerón encontraba un lugar apropiado con apoyo popular y sin violencia. (2)

Con unas amigas durante unas vacaciones en Lanjarón (1946)

El paréntesis bélico

Fue un periodo para olvidar. Sabemos que la subsistencia se convirtió en la primera necesidad vital, algunos incluso con la resistencia, la mayoría con la resignación. Mientras los bombardeos sacudían ciudades importantes y estratégicas (Madrid, Málaga, Bilbao, Barcelona, Valencia, Alicante, también Almería) iban pasando los meses y caían los años oscuros sobre la vida cotidiana que continuaba sin recursos y amparando a los refugiados y huidos de las zonas calientes. Tal fue el caso de la acogida dispensada a amigos y familiares que venían huyendo del bombardeo de Málaga por toda la costa, bajo los intensos ataques de la aviación rebelde. Muchas familias acogieron a niños y niñas y los criaron como hijos.
Uno de los afectados fue Gaspar López Barros, que tenía 10 años y vivió en Alhama de Almería, a 223 kilómetros de Málaga. Allí llegaron días después de haber salido muchos de los huidos. "Llegaron al pueblo cayéndose. No podían dar un paso más. Los niños venían descalzos, muchos de ellos solos. Les abrimos las casas y les dimos de comer".

Doña Laureana en la escuela. Doña Librada Artés es la tercera por la izquierda de la última fila de arriba, tenía 10 años. En la foto, junto a ella, se encuentran: María Molina, Teresa Artés, Carmen López, Munda Rodríguez y Paquita (?). Otras niñas son: las hermanas Olaya y Electra Martínez, Nieves Barquero, Lidia Rodríguez, María Martínez, María Romero, Carmen Casado, Paquita La confitera, etc


Como ha demostrado en sus estudios Rafael Quirosa (3) sobre el final del enfrentamiento bélico, Almería fue una de las pocas provincias que permaneció en el bando republicano durante toda la guerra civil. Además, no llegaron a existir frentes establecidos en su circunscripción durante los 33 meses que duró el conflicto. En este artículo, incluido en un dossier sobre la contienda en la región, Rafael Quirosa-Cheyrouze destaca los elementos esenciales de una guerra vivida en la retaguardia y de los últimos meses del conflicto, donde la clave era más sobrevivir que resistir al enemigo.
La escuela no abandonó sus actividades académicas. Francisco Fuentes, hijo del maestro don José, recuerda que al comienzo de la guerra fueron recluidos en Almería todos los maestros, menos su padre, que se quedó atendiendo a los niños, a quienes organizó en un solo aulario. Pronto retornaron a sus plazas y la actividad docente continuó sin mayores sobresaltos.
Como señala Consuelo Flecha (4) la paulatina incorporación de las maestras, preparadas en las Escuelas Normales durante todo el primer tercio del siglo encuentra un impulso entre los años de la Segunda República, que favorece por un lado formas establecidas de intercambio académico, y por otro incorpora tipos de relaciones más propio del ámbito familiar en el aprendizaje de sus alumnas. El haber crecido bajo la perspectiva de estos nuevos horizontes determina su adaptación a las nuevas condiciones durante y después de la contienda. Demuestran su resistencia a renunciar a la apertura que les proporciona el mundo de relaciones en el que han logrado introducirse. «Algo dentro de ellas mismas las empuja a poner de manifiesto que hay otro mundo que bulle en su interior y al que no pretenden renunciar»

La posguerra: 1940-1960

Cuando la guerra termina comienza la dura posguerra. Desde el punto de vista económico: estraperlo, intercambio, autarquía, que durará hasta 1952, con el fin de las cartillas de racionamiento y la llegada de los primeros paquetes de leche en polvo por el puerto de Valencia; desde el punto de vista político: represión, depuraciones políticas, falta de libertad, nacional-catolicismo, jerarquización falangista; desde el punto de vista cultural: neoimperialismo, espíritu de cruzada, censura, educación religiosa, tradicionalismo: patria y dios, (no rey) y, especialmente, dirigismo doctrinal desde los aparatos del estado (escuela (5) , universidad, prensa, tribunales de justicia, ejército, policía, sindicalismo vertical, etc.), bajo un férreo control policial y sacerdotal. Sólo cuando el príncipe acepta por acuerdo de su padre, don Juan, ser educado en España bajo la tutela del caudillo, se dan los primeros pasos para una «normalidad» y aceptación del franquismo en la comunidad internacional. 1948 es la fecha de su llegada a Madrid.

El matrimonio con unos amigos en Almería (1954)


Hasta entonces, bajo la sacudida de la segunda guerra mundial, a la penosa situación de escasez y hambre que había en la posguerra, se unía en Alhama, dedicada casi en exclusivo al monocultivo de la uva, el problema de la escasez de agua, lo que favoreció la emigración, ya iniciada en la segunda década del siglo XX por motivos económicos y, como consecuencia de la guerra civil, por motivos políticos (tal es el caso del joven abogado José Rodríguez Rodríguez, estudiado por Guillermo Artés). Ello provocó un estancamiento de la población y un aumento en su envejecimiento. La emigración alcanza cotas insospechadas, la pérdida de población es el indicador más elocuente del período de crisis por el que atraviesa el municipio. Entre los años 1901 y 1940, Alhama perdió 3.036 habitantes.
Cada pueblo se cierra sobre sí mismo, las comunicaciones entre ellos se hacen difíciles y peligrosas. Abandonados a su suerte sobreviven de la pequeña agricultura, de los parrales, trabajando a jornales por toda la provincia, acaban siendo emigrantes –a Cataluña, Francia, Alemania, EE.UU.-, buscando una vida digna que en sus pueblos no encuentran. Durante la década de los años 50 se observa una tímida recuperación de su economía uvera. En la vega comienzan a aparecer pequeñas plantaciones de parras que sólo alcanzarán su máxima extensión veinte años más tarde.
En el año 1949 Alhama contaba con 108 Ha cultivadas de parrales. En 1972, su vega se había ampliado hasta las 315 Ha y sus cifras de población, 2.854 habitantes en el año 1970, iniciaron su recuperación. (6)

El Matrimonio con unas amigas en Almería (1958)


Parece claro que Alhama fue un ejemplo de civilidad en el transcurso de la larga reconstrucción nacional. Los maestros no padecen la depuración. Se adaptan al nuevo ideario de la cruzada católica y enseñan a los niños y niñas el catecismo, la enciclopedia Álvarez y el himno nacional junto al Cara al Sol. No obstante siempre pesará como ideal el ejemplo liberal de Salmerón, lo que podría traducirse en una forma de enseñar basada en una tolerancia pedagógica respetuosa con la libertad de pensamiento y la libertad de cátedra.
Los maestros  tienen asegurado un prestigio social antes desconocido, siempre y cuando se aviniesen al orden diseñado de la nueva cruzada. Sobre los reductos de la anti-España había caído la sombra de la depresión y el hambre.
Librada recuerda a su madre salir de madrugada, caminar hasta la estación de Santa Fé de Mondújar, tomar el tren hasta Guadix y allí intercambiar productos, para luego retornar cargada de vituallas, realizando el mismo recorrido de vuelta.
No es mi intención recrear el dramático día a día de un pueblo que padeció lo mismo que sus vecinos. (7) Mi intención es rescatar la apacible vida que anidó en la escuela para los niños y niñas durante este penoso periodo, que sólo a partir de la década del setenta empieza a tomar de nuevo el pulso a su historia.
La hora de la memoria es una historia de rescates, no de revanchas; de conocer para saber apreciar y valorar; de enjuiciar sin el apasionamiento de lo instantáneo y sus servidumbres. Sobre todo necesaria recogida y recuperación de los restos de un largo naufragio.

En la boda de don Miguel Galindo Herrada y Librada Artés Manzano


Los náufragos de esta historia fue el pueblo sencillo maltratado, aherrojado a la subsistencia, al hambre, al miedo y a la muerte. Son símbolos testimoniales de resistencia, presencia viva de nuestro pasado y nosotros beneficiarios herederos de su presente. Su dolor y sacrificio habrán merecido la pena si nosotros preservamos su legado y la memoria que a ellos les fueron negados. Callados, dóciles, inteligentes, han dejado a otros hacer y han conseguido sobrevivir.
En la dura cuesta arriba de la década, se recuerda con nitidez la fiesta del jueves lardero como un momento de alegría y comunión con la naturaleza. La fiesta consistía en que los alumnos con sus maestros y maestras realizaban una excursión de estudio y ágape en el campo. Formaba parte de la vieja práctica institucionista de acercarse a la naturaleza para la observación y estudio del entorno más inmediato, favoreciendo el conocimiento directo de los educandos sobre las cosas, sobre la realidad.

Don Emilio de pie con sombrero, doña Laureana, Librada al fondo de luto, don José Fuentes de espaldas, su cuñado Paco Pinteño, su esposa y sus tres hijos –Paco, Pepe y Manuel) y dos niñas que atendían las tareas domésticas de los maestros.


Para la boda de Librada, celebrada el 27 de julio de 1949, contó con doña Laureana como madrina. [VER FOTOS boda, con el novio, Miguel Galindo Herrada]. La amistad entre ellas se remonta al trabajo de ayudante en sus clases durante la primera posguerra, cuando se ocupaba de sustituirla, como alumna de curso superior –Librada tenía veinte años, su madre viuda desde 1935, una hermana mayor (Encarna) y un hermano menor que ella tres años (Manuel Erite). Sobre todo se ocupaba de impartir los contenidos docentes de los grupos de alumnas con menos edad, cuando la maestra faltaba. Posteriormente la contrató de manera estable cobrando un pequeño sueldo. Les enseñaba a leer, escribir y a bordar. Un día a la semana se rezaba el rosario. Doña Laureana organizaba los bailes regionales, desfiles de recibimiento a autoridades falangistas, ensayaban obras de teatro que luego representaban en algún almacén. Algunas de sus alumnas continuaron sus estudios y se diplomaron como maestras; alumnos de don Emilio fueron el médico Cristóbal López Rodríguez, Mario López, (8), Francisco Ordoño, Francisco Pinteño, etc.
La boda, celebrada en mayo de 1949, certificó el abandono de la escuela por parte de Librada y en 1953 el matrimonio de maestros solicitaba el traslado a Almería. Les prometieron una casa en las viviendas para maestros situada en la Avenida Vilches, junto a la plaza de toros, pero debieron pernoctar en el desaparecido hotel Suizo durante unos meses.
Aquí encuentran y renuevan sus amistades, con las que se fotografían en la glorieta de la Plaza de San Pedro en junio de 1958 («con Florinda y una amiga»).
Cuando se jubilan serán atendidos por una señora en la calle Gran Capitán (barrio del Quemadero), hasta que se instalan en la vivienda de Librada. Su antigua alumna, su compañera de trabajo, será quien les preste su atención, cariño y cuidados hasta los últimos días de su vida. Primero fallece don Emilio (27-10-1970), tres años después lo hace doña Laureana (15-8-1973). Un merecido recuerdo de la localidad en la que ejercieron su tarea como docentes y un sentido homenaje de tantos alumnos y alumnas, a quienes enseñaron y educaron, quedan así reflejados en este número de El Eco.

(1) Se trata de la manzana de viviendas que ocupaba el espacio escolar, el calabozo y el antiguo cuartel de la guardia civil, actualmente está prevista la construcción del Cuartel de la Policía Municipal. Al jubilarse D. Gaspar ocupó su plaza D. José Fuentes Bañón en 1931, quien concursaba desde Benizalón.

(2) Consúltese al respecto Mª Carmen Amate «Alhama de la dictadura a la república» (El Eco de Alhama, 3, 1997). Para valorar la importancia del pensamiento liberal formativo de Salmerón consúltese el espléndido trabajo de Ivonne Turín, La educación y la escuela en España, de 1874 a 1902. Liberalismo y tradición, Madrid, Aguilar, 1967 [traducción de Josefa Hernández Alfonso]. Sobre Carmen de Burgos existe ya una extensa bibliografía, citemos sin embargo el importante Memorias de Colombine. La primera periodista, de Federico Utrera (Madrid, Hijos de Muley-Rubio, 1998) y Concepción Núñez Rey, Carmen de Burgos, «Colombine», en la Edad de Plata de la literatura española, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2005.

(3) Entre sus numerosos libros y artículos destacamos: «El final de la guerra civil: Almería, marzo de 1939», Andalucía en la Historia, 5, 2004; «La guerra civil en Almería», Las Nuevas Letras, 6, 1987 y «El bombardeo de Almería por la escuadra alemana», Boletín del Instituto de Estudios Almerienses, 5, 1985.

(4) «Maestras que dejan huella», Cuadernos de Pedagogía, 337, 2004, pp. 10-14.

(5) Para una versión literaria léase Andrés Sopeña Monsalve, El florido pensil, Barcelona, Grijalbo-Mondadori, 1994. También Josefina R. Aldecoa, Historia de una maestra, Barcelona, Anagrama, 2003.  Un valioso documento nos ofrece el monográfico «25 Retratos de maestras» de Cuadernos de Pedagogía, 337, julio-agosto, 2004.

(6) Debemos estos datos al detallado estudio de Mª Carmen Amate y Porfirio Marín en «Alhama en imágenes. Un paseo por su historia», en  El Eco de Alhama, n.17, julio, 2004.

(7) La magnífica exposición realizada por Mª Carmen Amate Martínez y Porfirio Marín Martínez, «Alhama en imágenes. Un paseo por su historia», publicada en  El Eco de Alhama citado, ilustran con elocuencia dicha situación y nos ahorran mayores comentarios.

(8) Guillermo Artés Artés, «D. Mario López Rodríguez», El Eco de Alhama, 3, 1997.